Decameron mexicano

Decameron mexicano

Por Omar Arriaga Garcés

 

Le he dicho a un par de personas que iría al cine. No le dije a más porque no era mi intención recibir más amenazas veladas y los “en caso de que te enfermes deberías firmar un papel para que si necesitas que te entuben no te den prioridad por andar haciéndole al menso”. Me dijeron más feo pero no lo transcribo.

 

Desde hace algunos días abrieron las salas. Lo intentaron los empresarios un día y les cerraron. Lo volvieron a intentar al día siguiente y les dijeron, vayan con dios, ustedes, buenos hombres. No todas abrieron. El cine que está por mi casa, a las afueras, apareció cerrado, según su página de Internet. Sólo en el centro y en la zona de avenida Camelinas abrieron, hasta donde supe. Luego, alguien me dijo que en la Huerta y en el Río ya estaban funcionando.

 

Mi tía me dice que son una bomba con cuenta atrás, que vaya a otro lado, que si quiero morirme, que qué me pasa. Me sugiere, por el contrario, ir al Auditorio Municipal el domingo a buscar chácharas. Me parece que, en todo caso, sería de mayor riesgo ir al mercado a tocar discos y libros y películas.

 

Le preguntó a un joven funcionario qué tan riesgoso puede ser ir al audi. Éste responde que él no se arriesgaría por miedo al contagio, pero dice que irá al centro a comprar un regalo para su madre. La paradoja es doble.

 

En el centro comercial me doy cuenta de que sólo yo pensaba que el mundo se había detenido. Pero no, hubo quienes estuvieron haciendo una especie de fiesta sin avisarnos. Todo está lleno de gente.

 

En el cine, como en una especie de ritual eclesiástico, debo pasar por tres veces la alfombra húmeda de plástico para desinfectar mis zapatos y, después, limpiarme inmediatamente en otro tapete, éste sin líquido. Por tres veces me ponen gel en las manos y por tres me toman la temperatura con el termómetro. Puede pasar, me dicen. Desde la suavidad de mi cubrebocas les doy las gracias.

 

Somos cinco personas en la sala. Dos, una y dos por fila, y hay entre nosotros una separación de más de cinco butacas. Me parece que han acondicionado de tal manera el cine que no se ocupará la mitad de los asientos. De hecho, no se ocupará ningún otro. Nadie más llega.

 

No sé si en estos días habrá ya cambiado el flujo de quienes arriesgan su vida yendo al cine. Pero el día que yo fui, un sábado, estaba desierto.

 

En el centro la cuestión es parecida. Decenas de coches circulan ya y otra vez es complicado encontrar un sitio donde estacionarse. Han retirado sillas de los cafés en el Jardín de las Rosas. Los meseros llevan tapabocas y lo primero que te ofrecen es gel en lugar de la carta. No hay mucha gente en el café, sin embargo. Y los bares usan una dinámica semejante, aunque sólo pueden abrir los que dan prioridad a la comida.

 

Un amigo, con el que quedé de verme, me dice que a él también algunos de sus conocidos lo han amenazado por salir. Hay amenaza de excomunión, dice. No sé qué pensar. Parece como si todos estuvieran ya en la calle.

 

Un nivel de gobierno advierte que no hay que salir porque la epidemia puede continuar ahora hasta abril del año que viene y otro -o alguien más de esa misma administración- responde que hay que reactivar la economía y que no tengamos miedo.

 

Yo sólo salgo por la despensa, me ha dicho una conocida. No salgo más de lo debido porque hay quienes necesitan salir más que yo, quienes no pueden prescindir de su trabajo día a día. Hay que ser responsables y empáticos para con nuestra comunidad.

 

Es un terrible mal el de las pestes. Esto es como un sálvese el que pueda como pueda. Nos sacude, nos enfrenta con nosotros mismos y nos dibuja de cuerpo entero: tenemos una compleja noción de los tiempos y las formas, nuestra concepciones sobre el mundo chocan unas con otras. O para decirlo de otro modo: somos un reverendo desmadre. Ni para quejarnos nos podemos poner de acuerdo.

 

Afortunadamente, esto no es la peste negra ni estamos en Florencia en el Medievo, que si no, ningún Decamerón habríamos logrado escribir.