Foto Cortesía Eduardo Montes

Bagatela

¡Domingo!

Eduardo Montes

Entre los peores recuerdos de mi vida están los domingos, yo era muy perezoso y “en aquellos tiempos” nos dejaban tareas horrorosas para el fin de semana, que si cincuenta sumas y otras tantas multiplicaciones, que si capitales, frases y oraciones, conjugaciones.

Viernes un día maravilloso, ya que era el preludio del sábado; mi hermano mayor llegaba a casa y a veces aún antes de comer tenía la tarea hecha, y el fin de semana maravilloso lo esperaba. Yo esperaba el programa de televisión que más me gustaba ¡Disneylandia! que siempre programaba cosas de la naturaleza, el arte, dibujos animados y ¡siempre me identifiqué con el Pato Donald! El peor castigo podía ser “no hay Disneylandia esta semana” claro estarán los programas del Zorro, de Furia, Lassie, Rin tin tin, muchos más conocidos llegarían más tarde, también “Club Quintito” con el Chabelo joven, Viruta y Capulina, el Llanero Solitario con la música de Rossini que pensábamos era original del personaje: pero no, nada como Disneylandia, en los días de “entre semana”.

Los sábados de Chapultepec o el parque o el placer de no hacer nada, jugar, pero, la sombra de la tarea me perseguía la voz de mi madre ¿has hecho los deberes?

De pronto era Domingo, por Dios, lo peor que me podía pasar y aún peor, mucho peor es que ¡Había un domingo cada semana! Mi padre, rígido de pocas palabras, y muy poco amante de los niños (hijos incluidos) nos hacía vestir de “Domingo” con unos pantalones de lana que picaban horriblemente las piernas ¡los pantalones pica pica! Camisa sedosa o el nylon muy en boga y suéter o saco, después del desayuno que afortunadamente no era avena, esa compota babosa asquerosa que me obligaban a comer, y ya vestidos con los pica pica, mi hermano y yo, mi hermana con esos vestidos que parecían paracaídas con unos fondos tiesos con cascabeles que mantenían las faldas en esa forma, y luego ¡a Misa! Mi madre muy devota entraba con nosotros, mi padre agnóstico nos esperaba en el parque España de la ciudad de México frente al templo de la Coronación, iglesia en la que me bautizaron, me confirmaron este hice mi Primera Comunión y tuve aquel catecismo en que nos prometían un infierno en caso de portarnos mal, yo no dudaba ni tantito que acabaría ahí.

Al salir mi padre con mi madre nos paseaban por el parque y nos compraban una sola golosina. Volver a casa sin cambiarnos los pica pica, ya que había que comer con ellos, comida dominguera poco usual, que si ancas de rana, ostras o alcachofas (que aquí en España pueden ser del diario) los deberes las trescientos ochenta mil divisiones y multiplicaciones me esperaban, la pesadilla semanal, el deber hacer una “estúpida tarea” a veces nos llevaban de paseo en el coche pero era rara vez, como a las cinco de la tarde la tarea de carreras, tratando de copiar de aquí y de ahí ¡cómo odié la primaria! Pero si no haces la tarea, no hay “Teatro Fantástico” el otro programa televisivo esperado con Cachirulo y el “trenecito del Chocolate Express” a las siete y media empezaba y con ella magia, la televisión era en blanco y negro, pero juro que yo veía los colores, el verde de la bruja, los cabellos color zanahoria de Enrique Alonso, y los vestidos de princesas y príncipes encantados.

Luego tras una merienda frugal la cama y por fin lunes. A nadie le gustan los lunes pero a mí me encanaban, sí, se iniciaba la horrible escuela, pero faltaba mucho para el siguiente domingo, aprender tantas cosas que me parecían inútiles y tardar en ellas mucho más que lo que durábamos en aprenderás sí, ya sé multiplicar, pensaba pero que caso tiene hacer cientos y cientos, y que si los artículos definidos o indefinidos, si los uso y se cuándo para qué perder el tiempo, había golondrinas abejas, había música, historias mitológicas que me sonaban a más realidad que la que tenía frente a mí, además las historia bíblicas mucho más divertidas que la Misa. en fin, pasaba un día y otro precipitándose la semana al Séptimo día y al final Domingo.

Ese sabor gris de los domingos, esas tardes lentas ya sin televisión y haciendo lo que se me pegara la gana se impregnaron en mi ser, nada más nostálgico este inútil que una tarde de domingo, en el que el sol se pone más ardiente y el atardecer en vez de gustar disgusta, ese en el que la luna aparece lentamente. Confieso que había una cosa que me gustaba de los domingos, aquella sinfonía de campanas, las llamadas de las iglesias cada hora en todas direcciones y bueno cuando fui a vivir a Morelia las campanas, ese contrapunto de campanas eran una delicia ¡algo bueno debía tener los domingos, poco a poco me di cuenta que no era yo, éramos muchos quienes sufríamos el domingo en ese correr lento en el que las corcheas se convierten en redondas y estas en eternidades.

Me jubilé y pensé que nunca más habría domingos, mi vida sería un luminoso sábado desde la víspera, o sea viernes por la tarde, pero no, los domingos siguieron siendo hirientes y aburridos eso sí con la sinfonía de las campanas, esos días que me hacían y me hacen preguntarme desde niño, ¿por qué los amaneceres son suaves? ¿por qué los atardeceres dramáticos? Pero el drama vespertino del domingo es hiriente y lento.

En fin llegó el presente estoy viviendo un domingo en “Adagio Assai”, casi cinco semanas de domingo continuo y como hasta las iglesias han cerrado las campanas permaneces mudas, un largo domingo congelado, en el que, pierdo la cuenta de las horas, en las que cada hora es un día y en las que cada hora nos miente y no sabemos si dura un día, y es eso, un domingo eterno en el que espero que llegue el lunes y poder volver a “gozar” de los domingos con aquella sinfonía de campanas.

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