Bagatela

El silencio

Eduardo Montes 

¿Existe algo más fuerte y sonoro que el silencio?

Foto Cortesía
Eduardo Montes

El sonido ha sido mi mundo, el rudo uno de las cosas que más detesto, muy especialmente esa “música” ruidosa que ha usurpado el nombre de la Música.

Hay sonidos que se confunden con ruidos, el grito de los niños cuando juegan, ese que mi madre decía que parecían gaviotas en la playa, las sonoras carcajadas que se contagian el trajín de los restaurantes, los platos que se lavan, la gente que en grupos hablan todos al mismo tiempo, cosa que en España es bastante común ¡hasta en la televisión!

Madrid ha hermanado al ruido y al sonido, una cara y otra, la música, los coches, los niños el ruido o sonido de la alegría.

Siempre pensé que el silencio es muerte, es ataúd y soledad.

La confinación sumergió a mi ciudad adoptiva, al país, al mundo entero, probablemente en silencio, no ese de los sordos, sino ese silencio que es música. Escuchar grandes obras de música, muy especialmente a Bach, ha sido como sumergirse a la verdadera música, esa que San Juan de la Cruz llamó la música callada. Cada nota de la Pasión Según San Mateo durante la Semana Santa, esta que “no existió” o sí, pero sin procesiones, ni rituales, me puse en la tarea de escuchar esa obra maravillosa que no es otra cosa que la “Soledad Sonora, la Música Callada” de la que nos habla el San Juan el místico enamorado.

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El grito silente de la enfermedad y la muerte nos ha acompañado y nos hace volver los ojos a lo amado ¿a rescatar nuestras creencias? ¿A pasarse ellas? ¿A preguntarnos para qué todo esto?

Irrumpió el estruendo de un frío silencio, un silencio en “crescendo” que pareciera que nos lanzó fuera o no sé si dentro de nosotros mismos, dialogué con la escalera, con cada peldaño, sufrí insomnio y me pregunté por el futuro, también me preguntaba ¿cuál es el futuro a mi edad? Vivir la vida y aceptar de buen o mal grado lo que venga. De Bach a Debussy, de este a Beethoven, y a través de las redes Tiziano, Durero y Velázquez, una ruidosa serie “histórica” más novela que verdad, y a ratos encerrarme a pensar y huir del ruido que me produce estar conmigo mismo.

Cada salida al supermercado, a la farmacia o a la panadería una aventura, un encuentro con alguna vecina, un ¿cómo estás? ¿Tu madre bien? Pensando en la residencia de ancianos bajo la sombra del estruendo.

Y al fin algo de sol, poder salir a callejear sin rumbo y ver que mi abuelita tenía razón “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”, me encontré con una ciudad amiga pero desconocida, llena de placas conmemorativas, de detalles nunca vistos, de horas o luces especiales y eso que puedo decir que soy más o menos observador, pero ¿cuántas cosas nos arrebata el ruido? ¿Cuántas también el sonido? Pasar por el convento de las monjas que cantan diariamente sin escucharlas, poder escuchar al arrullo de las palomas sin el sonido de los coches.

Eduardo Montes, Mayo 2020

Caminar por las calles vacías y volver la vista a los balcones y ventanas y ver a alguien que observa a los que pasan y saludar con ademan, con una sonrisa, más sonora que el habla ¡la necesidad de la convivencia!

Creo y estarán de acuerdo quienes conocen a Madrid, que el no salir a la calle es lo peor que podría suceder, la ciudad que siempre tiene algo aún antes de que amanezca “antes que pongan las calles”. Madrid siempre con vida y ruidos y sonidos confundidos, carcajadas y brindis, alguien que riñe, otra que grita, la  que chilla.

Lo increíble es que, pese a algunas personas, convoca solidaridad o disciplina sucedió lo increíble.

Madrid se sumergió en un sonoro silencio.

Realmente no sé para que escribo, no puedo expresar lo que ha sucedido en sesenta días y sigue sucediendo, sí hay aplausos y cacerolazos, quienes aprueban y reprueban.

Pero me queda claro que se ha cantado un silente himno a vida.

 

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