El “Tigre”, no es como lo pintan. ¡Es mejor que ciertos agre-miados!

 

Por: Omar Arriaga Garcés

Omar Arriaga Garcés

A finales de febrero llegó otro integrante a la familia. Se sumó a los habitantes caninos ya existentes: Galleta, Teodora, Carilla y Blanche, por orden de llegada. Fue bautizado como Tigre. Había estado dos días en el jardín cercano a la casa, por la Unidad Deportiva Bicentenario, llorando, en un rincón, sin dejarse tocar por nadie. Tendría unos tres meses de vida y estaba amarrado con una cinta negra. Tigre, antes de ser Tigre, se escondía en la hierba y se perdía, aun cuando los eminentes trabajadores del Ayuntamiento habían podado unas semanas antes.

(No me extenderé sobre los gustos excéntricos de esos empleados de limpia que pasaban mañana, tarde y noche ahí. Baste señalar que cuando estaban en la zona no se podía dejar sueltos a los perros, porque les gustaba dejar los desechos de su comida o defecar al aire libre y abandonar el producto de sus andanzas ahí, con riesgo de que las adorables mascotas fueran a probarlos. Por favor, trabajadores del Sindicado de Limpia, recojan sus heces o absténganse de aventar el vientre en el jardín.)

Apenas uno se acercaba, el que iba a llamarse Tigre -por sus franjas anaranjadas y negras de distintos tonos- se iba corriendo. Supongo que el perro ya moría de hambre, pero su miedo era mayor. Por suerte, llevaba un arma letal llamada Carilla, una mezcla de pastor belga malinois con firulais. A Carilla comenzó a seguirla el futuro Tigre y, como jugaron más de veinte minutos, hubo un momento en que el cachorro se descuidó y se dejó agarrar.

Tigre estuvo tres jornadas con sus días y sus noches acostado en un rincón del patio, con el consiguiente itinerario: comer, tomar agua, defecar (como los empleados del Ayuntamiento) y dormir de manera ininterrumpida. Cuando se repuso empezó a jugar con los otros cánidos, siguiendo en especial a Carilla, a la que tomó la costumbre de morder en la piel del cuello y en las orejas, hábito que hasta hoy continúa vigente. Por eso mismo y porque Carilla lo lamía en vez de molestarse, pensamos que era como una especie de madre adoptiva. Nos quedamos con esa narrativa.

El perro llamado Tigre ha crecido algo desde entonces. Cada tarde vuelve al sitio al que fue arrojado. Corre con Carilla y se muerden y se dan empellones. A veces se enojan, hay que decir verdad, y se ladran o lloran. Y esa animosidad es trasladada a su relación con otros perros que visitan el jardín. Tigre, siendo un cachorro aún, es menos riguroso que Carilla, pero Carilla -más territorial que su cachorro- no soporta a ciertos cánidos, sobre todo hembras. Así que cuando pasa aquella joven pastor belga malinois acarbonada, de nombre Ciruela, mejor hay que sostener a Carilla, porque le busca pleito.

El señor, de unos 60 años, que lleva a Ciruela, dice que Carilla está celosa, que Ciruela ya le bajó el novio a Carilla y que Tigre prefiere a la malinois acarbonada. No lo sé. No me lo parece. Eso rompe con la narrativa con que habita Tigre en nuestra casa, pero me ha hecho darme cuenta de un rasgo: a todos les cae bien Tigre. A la señora que corre todos los días a las siete y cuarenta y cinco, cuando Tigre le brinca encima, le parece muy cariñoso. A Rafa, el ingeniero que lleva a su perro alaska blanco y gordo, Nil -al que mordió el rottweiler café cuyo dueño se fue corriendo-, también le cae bien. Y es lo mismo con la señora que va con su hija y lleva un pequeño poodle. De hecho, me pidió al cachorro en adopción. Y quise entregarlo, pero ya no me dejaron.

Es como si el futuro de Tigre se hubiera unido ya al de Carilla, pero ¿por qué, Carilla?, ¿por qué todos te tienen miedo en la calle y se cruzan de acera? No saben lo dulce y juguetona que eres. Pero bueno, mientras lo averiguan, qué bueno que en la noche me acompañes por la cena.