Eduardo Montes

Creo que nunca algo tan dramático como una pandemia puede hacernos sumergirnos en un verdadero viaje ¿el viaje al “camino interior”?

He vivido en carne propia dos grandes terremotos y es terrible ya que nos hace sentir minúsculos e impotentes, nunca olvidaré pese a haber tenido ocho años el terremoto aquel en el que se cayó la Victoria Alada de la Columna de la Independencia, mucho menos ese de 1985 en el que estaba con mi madre pensando que era un mareo ya que acababa de llegar a casa después de una noche de guardia debido a una huelga universitaria. Sí, un terremoto es terrible, aunque ya pasado se intenta y se sabe que poco a poco se volverá a la normalidad.

Foto Cortesía
Eduardo Montes

Ahora en la pandemia no sabemos a quién le va a tocar, ya conozco a algunos que están enfermos, y algunos amigos muy cercanos de amigos míos han fallecido y no, no sabemos cuándo volveremos a la normalidad, y si la normalidad que conocemos ha desaparecido para siempre y tendremos que acostumbrarnos a una nueva normalidad.

Ya no me pregunto si haré un viaje, no, me pregunto si volveremos a subir al metro, al autobús, al bar a tomar un vino con las amistades y se les daremos la mano, si podremos dar el beso de la amistad ¿las personas ya conocidas o no, tendrán trabajo? ¿Los jubilados conservaremos nuestras pensiones?

Es verdaderamente horrible ver que quienes solamente hablan de lo mismo, y comparten lo mismo como si no existiera un poco de luz o belleza, sólo pueden encontrar eso ¡quejas! Qué obviamente para quejas estamos todos, pero no quiero que mi vida se convierta en un chillido cómico, que no llega a grito ni siquiera a comunicación.

“Como anillo al dedo” parece mentira, pero en lo personal me vino como anillo al dedo para repasar mi yo interno, observarme y observar, leer y conocer.

Darme cuenta que en donde vivo hay un chico llamado Sebastián que no lo conozco ni lo conoceré que posiblemente hemos entrado y salido juntos del edificio y hoy sé que existe por un anuncio que dice algo, así “A las personas mayores que necesiten algo no duden en pedirme lo que necesiten, ya encargos de supermercado o medicinas llámenme a mi móvil XXXXX” Vivo en un quinto piso y en la planta baja y un departamento se renta como “AIR BNB” para desconsuelo de los demás propietarios de inmueble, unos argentinos alquilaron el piso, atrapados en medio de este torbellino viral y de bendiciones y maledicencias, alguien me llamó y dijo ¡unos sudacas están en el primer piso en la terraza! Que si la terraza es común, vaya, a esa terraza solo se puede entrar desde ese piso, pero como los gastos se hacen en condominio suponen que la entrada es de todos, yo subo y bajo escaleras que sí son comunes y nadie me dice nada, escaleras solitarias, me pidieron que echara un cubo de agua a los “sudacas”, cosa que no haría, así que llamé a la policía para enterarme del estado de la terraza, señor, me dijeron (como si yo fuese el quejica) si solamente se accede a la terraza desde ese piso están en su derecho.

Lo blanco y lo negro se ven claramente en estos momentos, quien da la mano y quien da el golpe. Me cayó como anillo al dedo darme cuenta que no existen razas sino tolerantes e intolerantes, seres de luz y otros de sombra.

Siempre quejándome de que no tengo tiempo y hoy me sobra, puedo ver en las redes que hay quienes oran y quienes apedrean, quienes dan consejos y quienes confunden, quienes buscan lo creativo y quienes lo destructivo, los humanistas y los inhumanos, los que no toman en cuenta las fronteras y los que las ponen hasta con sus connacionales, porque no son de la misma clase social o piensan diferente.

¿Y volveremos a la normalidad? ¿O a esa nueva normalidad que nos espera? En la que compraremos por internet todo, e iremos al aeropuerto y el pase de abordar irremediablemente nos lo hará una máquina, y nuevos robots van a barrer y limpiar el suelo, y nosotros sonrientes de comprar el boleto del teatro desde casa, el del autobús y el tren a costa de que ya no se necesiten esclavos ¡perdón! quise decir trabajadores y me pregunto, ya que todos esos vendedores trabajadores de limpieza, los que atienden en aeropuertos, dependientes de grandes tiendas sean dispensables y sean despedidos de sus trabajos ¿quiénes comprarán? ¿Qué será del explotador si el explotado a quien ya no tiene que explotar ya no tiene con que consumir? ¿Fue primero la gallina o el huevo? ¿Fue primero la mano de obra o el gran consorcio? Claramente vemos que aquí no hay gallina, ni huevo solamente lo que para muchos no importa simplemente seres humanos y lo gracioso ¡se dicen cristianos!
Después de haber vivido terremotos y pandemias veo que es más difícil convivir con nosotros mismos, los humanos, que por cierto no lo somos tanto.

Por lo pronto evitaré comprar por internet y, hasta donde pueda exigiré que me atienda un ser humano no una máquina, que no pierdo nada con hacer una cola para que me vedan algo y no olvido que cuantas veces aun pagando una maquinilla nos contesta “su llamada es muy importante para nosotros, no cuelgue que nuestros operarios están ocupados”

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