Encrucijadas, de Francisco Armando Gómez Ruiz

Por Larissa Torres Millarez

 

Se dice que el teatro es un arte efímero, que una obra, sus montajes e incluso cada función sucede en un instante irrepetible, en el aquí y ahora, en el convivio teatral. Sin embargo, el teatro no es efímero del todo, pues aunque como tal, el hecho escénico se desvanezca en el instante, fragmentos de la esencia de la obra pueden aferrarse al espectador y permanecer por mucho más tiempo. Se aferran y salen de la sala, se aferran y acompañan los pasos de vuelta a casa con la típica charla de “¿qué te pareció la obra?”; se aferran y llegan a la sobremesa, con la discusión en plena cena de los puntos a favor y/o en contra de la obra, con argumentos no tan claros porque las emociones están a flor de piel; se aferran e invaden los sueños, ya sea placenteros o tremendas pesadillas provocadas por esa obra, por esa escena, por ese diálogo, por ese tema; se aferran y entonces vas por ahí recomendando la obra a la menor provocación, o es que en realidad andas buscando pretexto o nueva compañía para volver a ver esa obra. A veces se aferra de tal forma que quieres conocer más de ella, investigas y entonces llegas al texto, al guion teatral. ¿Cuántos de nosotros hemos llegado hasta allá? Me atrevo a decir sin miedo a equivocarme, pero con pesar, que son pocas, poquísimas las personas que llegan a la lectura de una obra de teatro.

Hago este mini viaje para llegar justo al punto de la dramaturgia, a ese texto mitad literario y mitad proyectual que almacena entre diálogos y acotaciones la potencia del ser escénico. Si resulta complejo leer el texto aun de una obra que nos ha fascinado, todavía es más complicado leer un texto teatral porque sí, por placer literario, por cultura general. Pero creo que esta aparente debilidad puede ser una fortaleza, pues aquella persona que se arriesga a escribir una obra que pocos leerán, una obra que pocos montarán, una obra que a pocos llegará, escribe no con el ahínco de la fama o la vana necedad de dar a conocer “su verdad”, por el contrario, escribe desde una necesidad mucho más básica y humana: compartir.

Esa es la palabra y la esencia que se ha aferrado a mí después de leer el libro Encrucijadas, del Padre Francisco Armando Gómez Ruiz. Con Encrucijadas nos adentramos a un camino del compartir, del distribuir para todos, como bien lo demuestra su raíz etimológica. Un todos global, humano, no restringido ni seccionado para un público específico. Sí, dentro de este libro encontramos obras que provienen de una tradición religiosa, obras que netamente tratan temas bíblicos, católicos, como lo puede ser una pastorela o un cuento de navidad, pero incluso estas obras con formato más cerrado y tradicional se presentan amables al lector, en donde se respeta la historia y los personajes, pero tratados con la pluma inteligente, sensible y crítica del autor, quien no duda en reflexionar sobre el tema expuesto y no únicamente repetir un formato tan usado, y si se me permite, tan banalmente usado, como lo es la pastorela.

Ya se habrán dado cuenta que no soy fan de las pastorelas, he tenido experiencias poco gratas con ellas, tanto con las que he leído como con las que he visto. Hay algo en el tratamiento del tema que me resulta desagradable. Con la lectura de estas obras del Padre Francisco creo empezar a descifrar la razón. No soporto la manera tan vulgar y corriente en que se trata el tema del nacimiento de Jesús. Por supuesto que comprendo la tradición y el objetivo de las pastorelas, acercar este tema indispensable a la población en general, pero ¿por qué tratarnos como unas bestias ignorantes que solo queremos reír sin entender? ¿Por qué rebajar la belleza y poesía que la propia historia guarda en sí en pro de “acercarla a la gente”? Eso es lo que me repugna. Sin embargo la aversión no estuvo presente en mi lectura de estas obras finales de Encrucijadas, pues en cada diálogo podía visualizar a personajes teatrales con una carga mitológica real, personajes teatrales sostenidos por la fe y las enseñanzas bíblicas encarnadas, ya con el nombre de Melchor, ya con el rostro de algún maestro que yo he tenido, ya con el nombre de María, ya con el rostro de mi propia madre. La manera en que el Padre Francisco logra captar la esencia a través de palabras que buscan cuerpo escénico, es un deleite para el lector y provocación para el hacedor. Me pregunto ¿Cómo sostener tales diálogos, tales dramas, en un escenario? El simple hecho de poder formular esta pregunta habla de la calidad de escritura que vamos a encontrar en las obras.

Por otro lado, los primeros textos que encontramos en Encrucijadas también son coherentes con esta esencia del compartir, con esa apertura hacia el espectador como seres humanos, pues tratan temas universales con personajes cotidianos, con personajes de fácil acceso e identificación, quienes viven dramas tan cercanos como un robo, la curiosidad infantil, el granjearse sustento económico o la búsqueda del conocimiento.

Como ya dije, el pensamiento de leer teatro escasea, pero el leer teatro escrito por un Padre es casi inexistente, porque cuesta pensar que nos pueda hablar a nosotros, a las personas de a pie, a las que también necesitamos distraernos y nada más. Luego los prejuicios vienen y también, la soberbia pues, ¿Qué me va a decir un Padre? Si de eso se trata mejor voy a misa, o leo la Biblia. Pero no, recordemos lo que también dije al principio, escribir teatro es compartir. ¿Cuántas veces tenemos la posibilidad de adentrarnos a la imaginación de las personas? Ahora, ¿cuántas veces tenemos la oportunidad de adentrarnos a la imaginación de un Padre como Francisco? En Encrucijadas podemos viajar por una imaginación inquieta, sensible, letrada y contrariada, que busca sostenerse en la palabra de Dios.

                                    Es una oportunidad única.

                                    Encrucijadas no es un libro que yo recomiende a personas cercanas al círculo, a Seminaristas, a estudiantes de Secundaria, Bachilleres, Universitarios de escuelas católicas, no, porque sé que este libro está a su alcance, contiene obras coherentes y de fácil conexión. Yo recomiendo Encrucijadas a las personas ajenas, a las personas que jamás leerían una obra religiosa, incluso aunque sean católicos, porque creen que son aburridas, que son cerradas, que son tradicionalistas, que son machistas, que son hiper elevadas, que son predecibles, que son sermoneras, que son todas iguales (aunque no tengan ni dos referentes de comparación), que son obras que no valen la pena… Pena es tener esta bella publicación de Silla vacía tan al alcance y no acompañar a Francisco Armando Gómez Ruiz con la lectura de Encrucijadas.

Encrucijadas. Obras teatrales

 

Francisco Armando Gómez Ruiz

 

Edición: Silla vacía / Seminario Diocesano de Morelia / Universidad Vasco de Quiroga / Universidad La Salle / Instituto Vasco de Quiroga

Colección: Dramaturgia 

Año: 2020

Edición: Primera

Formato: Rústico

Páginas: 360

Ancho: 14 cm

Alto: 21.5 cm

ISBN:  978-607-98916-0-2

Precio: $200

Venta: https://bit.ly/2J5OZNI