LA PRIMAVERA ENCLAUSTRADA Y SU COMPENDIO LITERAL

Por Omar Arriaga Garcés 

En alguna parte del Mahabharata, ese libro ocho veces más grande que la Biblia y seis veces más largo que la Ilíada y la Odisea juntos, se indica que hay sólo dos cosas importantes sobre las cuales se puede hablar: la religión y las mujeres. Por supuesto que quienes compusieron esa obra eran hombres. Esa aseveración lo denota.

Como ese texto de la India tiene -según algunos especialistas- más de cinco mil años, hoy podría decirse que lo que para ellos era religión bien podría haber quedado escindido en dos mitades, con una inevitable pérdida de sentido: el poder y la política. Una versión más pálida porque ni el poder ni la política logran alcanzar ese sentido aglutinador que antiguamente revestía el mundo.

 

Así y todo, conversando con un amigo vía las redes sociales, a causa del encierro obligado, éste señalaba que lo peor de la pandemia no ha sido el desempleo, el cierre de tiendas, ni siquiera los fallecimientos, sino que la primavera se estaba yendo y la chica con la que se había quedado de ver poco antes de que se declarara el confinamiento ya ni siquiera le respondía los mensajes de WhatsApp.

 

Me pareció inusitado lo que decía, pero también entendí que en sus palabras había cierto grado de ironía que trataba de hacer más ligero cuanto pasa; algo semejante a cuando se dice que el mexicano se ríe de la muerte, aunque en realidad a nadie le dé risa ver cómo sus allegados más queridos entran en una fosa de tres metros; mucho menos las facturas de la funeraria y del panteón. Le respondí, ¿qué no tenías rinitis?, por eso de la primavera que se iba.

 

Guardó silencio. A lo mejor estaba viendo una película o había tenido que salir a comprar algo; digamos pan, huevo o jamón, pero con su respectivo cubrebocas. Le pregunté qué había pasado con aquella muchacha de la universidad a la que había conocido en una fiesta. Ya puedo respirar mejor, dijo. Luego agregó que si mi mal gusto era el que me hacía preguntarle eso. Y de golpe me recordó que se había sentido traicionado por ella. Algo que, sinceramente, ya se me había olvidado.

No había marcha atrás. Ya había cometido el error, así que sólo quedaba avanzar. Ante su nuevo silencio, para seguir la conversación, le escribí: ¿ya no has sabido nada de ella? Respondió que la había visto dos o tres veces más, que había salido un par de veces con un colega suyo y que tenía una relación con un famoso académico del mundillo universitario de la Ciudad de México.

 

Me pareció que estaba bien enterado sobre qué había sido de esa chica. Después agregó: pero ya no se ve bien, yo cada vez la veo más equis. No pregunté a qué se refería con eso. Recordé que en otro pasaje de la mitología hindú, en el Rig Veda, la diosa Usas -la diosa del amanecer, del despertar, el que todos quieren, deseada por todos- elige a Prajapati y se va con él. Prajapati, pese a ser un dios, es considerado un foráneo.

 

Cuando Usas regresa, Indra, rey de los treinta y tres dioses, le arroja un rayo al coche cubierto de marfil del cual ha descendido, pero sin que ella esté ya presente, encima de él. Tal pareciera que sólo hubiese querido asustarla, o mostrar su cólera. Siempre me viene a la mente ese pasaje cuando alguien habla mal de una mujer, y esa mujer es francamente hermosa. Porque esa chica de la universidad lo es.

 

Le pregunté si era sincero y si no era su coraje el que hablaba por él. Reconoció que prefería volver a entablar comercio con ella a que le contestara los mensajes de WhatsApp la nueva chica con la que había intentado iniciar una relación, infructuosamente. Al menos hasta el momento.

 

El Veda y el Mahabharata son tan grandes que no pueden contarse entre los libros de cabecera que se releen una y otra vez, dado que ya es de por sí casi imposible leerlos una sola vez. Pero como decían los hindúes de la antigüedad: lo que no viene en ellos no existe porque todo está en esos dos libros. Es, al fin y al cabo, literatura. Nosotros, con nuestras historias, somos su prolongación.

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