Una nota sobre García Ponce

Una nota sobre García Ponce

Por Omar Arriaga Garcés

Puede perfectamente suceder que cuando uno cree entender algo, en realidad esté entendiendo una cosa distinta de lo que se dice. Esto ocurre muchas veces cuando se lee un reportaje, intenta poner atención en una clase de historia o filosofía, o conversa con un conocido. La pretensión de verdad y de sencillez debe elevarse al máximo y cualquier posible error o malentendido reducirse.

Pero quizá esa ambigüedad, esa lectura vuelta sobre sí, esa interpretación torcida, desplazada, reduplicada, no importe cuando uno lee una novela, un poema, un cuento. ¿Una obra de teatro? Claro.

Esa ambigüedad de la interpretación tal vez no sea sino la vida misma, la de uno, leyéndose —¿sobre las páginas de un libro?—, sintiéndose, percibiendo sus propios impulsos contradictorios que corren en direcciones diversas y que, sin embargo, también son uno; inclusive, son lo que hace que uno sea sí mismo: esa entidad desde la cual vislumbrar el mundo y situarse en el mundo y palparlo.

Leo a Juan García Ponceestos últimos días, a raíz de haber hablado sobre él con un amigo. Se supone que había leído ya sus cuentos, pero hay algunos de los que sinceramente no me acordaba. Había puesto el acento en otros, como en “Ninfeta” o “Un día en la vida de Julia”, por el deslumbrante erotismo que destilan, por la lectura de ciertos autores sobre los que el escritor yucateco traza la tilde: Nabokov, Bataille, Stefan Zweig. Hay muchas líneas paralelas que casi se tocan pero que allá, a lo lejos, van separándose. Como en “Anticipación”, otro de sus textos.

“Era otoño. Algunos de los árboles habían perdido por completo las hojas y sus intrincados esqueletos resistían silenciosamente el paso del aire…”escribe un joven García Ponceen “Después de la cita”, publicado en 1963 en el libro Imagen primera. Más de treinta años después, en “Descripciones”, del libro Cinco mujeres (1995), su último libro de cuentos, el autor volverá sobre sus propios pasos, sobre sí, mirándose, observándose, comprobando su propio peso: “Era otoño. Así empieza su primer cuento un escritor”

En los Upanisads hay dos pájaros, posados en una misma rama del árbol del cosmos: uno come, está comiendo algo, actúa; el otro lo contempla, atisba su deglución. ¿No es esto también actuar? Los seres humanos somos dobles, parece decir esa imagen: uno que opera, efectúa, realiza los actos; otro que es consciente de que está devorando, haciendo, llevando a cabo las acciones. ¿Se trata acaso de la razón?

No y sí. Es la ratio, que mide y ajusta, pero la ratio está contenida en esa forma de la lucidez, en ese desdoblamiento de sí, en esa fusión con el mundo que, terriblemente, es toda consciencia, aun cuando aspire a la pureza y quiera separarse de las apariencias, distinguirse de lo que fenece, del cuerpo cambiante y efímero. Ser.

Más adelante, también en “Descripciones”, García Ponce dirá: “Sentado en el sillón negro sobre la pequeña terraza de mosaicos rojos, se sentía viejo, muy viejo. ¿En esto consiste la vida al final, en estar solo, leer, contemplar y recordar?”Acaso podría comentarse que en eso consiste la vida no sólo al final, a los 63 años, sino en toda etapa, pero estamos tan ocupados comiendo y actuando, interpretándonos a nosotros mismos, que no nos damos el tiempo de sentir y de ser conscientes de esa dualidad que somos.

Me sorprende el hecho de pensar que los cuentos de Juan García Ponceque he releído, casi son otros, distintos, de aquellos que yo conocía o creía conocer, reinventar con la memoria. Dicen otras cosas, sus líneas hablan de algo más de lo que yo podía darme cuenta.

El escritor de la Generación de la Casa del Lago escribe no sin cierta malicia a palabra “contemplar”. ¿Cuándo ese autor ha dejado de contemplarse alguna vez? Incluso en “Después de la cita”, el que se supone es su primer cuento, la mujer de quince o veinticinco años se reconoce a sí misma, en su soledad, en todos aquellos que encuentra en la calle: la pareja de viejos que departe, los pasajeros del camión, la pareja de oficinistas, aun en su familia, a la que piensa qué le dirá cuando llegue a casa.

Pero es indudable que algo ha pasado en García Ponce para que se examine a sí mismo en uno de sus últimos cuentos, el penúltimo en el orden de publicación, a partir del primero. Y no es simplemente el tiempo. Esa es una forma de hablar, es una figura retórica del lenguaje.

La literatura moderna, de los últimos doscientos años hasta ahora, es fantasmal.

A diferencia de otra literatura que no se preguntaba por sus propios mecanismos y que no se veía a sí misma en el trance de actuar, contemplándose, analizándose, desdibujándose mientras iba haciéndose.

Quizá hoy más que nunca la literatura tenga esa cualidad: sabiendo de sí, viéndose a sí misma, no puede tener una conclusión —cerrarse en su propia forma— sin dejar de señalar en otras varias direcciones

¿Quién puede en el reflejo de un espejo verse completamente? Y si el lector es despistado y tiene otras preocupaciones, tal vez la ambigüedad se multiplique.