Vino de un día

Vino de un día

Por Omar Arriaga Garcés

Dice Umberto Eco que la lista hace la cultura. O algo parecido. No he entendido mucho a qué se refiere con eso. Pero de que se han hecho cientos de listas en esta epidemia, es evidente: de lugares que uno ha visitado, de comida, ejercicios, libros, películas, discos y cuanta cosa se le ocurra a uno.

Estaba rezándole a mi dios personal -a mi daimon socrático- para que no me etiquetaran en una de esas listas, y pensé eludir a cualquier que lo hiciese. Mas hete aquí que a un amigo casi del preescolar se le ocurrió etiquetarme y entonces no me pude negar. ¿Qué es lo peor que puede pasar, aparte del aburrimiento?, pensé.

Fue una lista de discos a la que se me invitó, esos extraños objetos que hoy nadie posee y que, sin embargo, hace apenas quince años eran fetiches en los que uno podía gastar hasta lo que no tenía. Hoy se los puede encontrar en ese museo viviente llamado Auditorio Municipal cada domingo, a dos por quince o a diez la pieza, o en quince o veinte pesos en caso de que sean muy buenos los discos. Estaba pensando deshacerme de ellos y de mis cassettes cuando me quedé pensando que sería una idiotez hacerlo.

Ese ha sido uno de los resultados de ese ejercicio de construir una lista de discos. Otro fue volver a entablar la conversación con los primeros amigos, aquellos con los que uno creció y que lo vieron temblar de miedo, enfermarse, enamorarse, reír, conocer el alcohol y las fiestas, agarrarse a golpes, correr desbocado y caer; en fin, cimentar una vida bien o mal cimentada.

Una lista llevó a otra y, después de etiquetar a un amigo de la universidad, él se vengó etiquetándome ahora en una de libros. Hubo con otro amigo una apuesta de por medio para saber quién de los dos conseguía más respuestas por parte de los etiquetados: el que recibiera menos tenía que borrar a quienes no respondieron a esa convocatoria en específico.

Dos amigos me volvieron a enviar solicitud de amistad en el Facebook y los demás, pues no. Porque resulta que el que perdió la apuesta fui yo. Supongo que a más de alguno le parecerá estúpido hacer eso. Pero por lo general uno no etiqueta a quien cree que no sabe del tema o a quien no posee cierta afinidad de gustos o de trazo. Uno etiqueta a aquellos con quienes quisiera mantener un contacto más estrecho. Aunque más de uno se habrá ofendido seguramente.

Y, sin embargo, eso no sólo llevó a reavivar el vínculo con viejas amistades; reforzó algunos que andaban dispersos, pero que no habían desaparecido pese a los años y las distancias. ¿Cómo es que, a la manera del I Ching o de esos libros adivinatorios, un ejercicio tan simple como el de encadenarse a una retahíla de libros o de discos termine por leerle a uno su presente y hacerle ver dónde está lo esencial? Porque lo esencial es lo que permanece y lo que va quedando de la inmersión en esa materia transparente y obscena que llamamos tiempo.

A final de cuentas uno podría decir que le vale madre el futbol porque es una reverenda tontería, un negocio corrupto y mal llevado en un país viciado como México, pero es que el asunto no es ése, sino la tarde en que fuimos con los primos y la tía a ver al Morelia contra el Toros Neza, el mediodía en que por llegar cinco minutos tarde nos perdimos el 2-0 del Cruz Azul, cuando aún estaban Adomaitis, Octavio Mora y Carlos Hermosillo; o el 2013 cuando nos salimos del salón de clase para ir a ver la final de Copa contra el Atlas, en que acabamos empapados y ebrios de gozo.

Y pensar que de todo esto, de toda esta experiencia, de todos estos discos y libros y momentos y vidas, un día no ha de quedar en pie nada. El poeta dice que los hombres y todo cuanto vive ha de pasar como pasan las hojas de los árboles. ¡Salud entonces por los recuerdos, fermentación de la experiencia, vino de un día!